Sobre (y desde) la mediocridad

Hay un principio de teoría del conocimiento elaborado, si no recuerdo mal, por Hume, que anuncia que solo lo semejante puede conocer lo semejante. De esta manera, el mediocre solo es capaz de reconocer (y poner en valor y emparentarse) a otro mediocre, y como sucede en las lógicas de la corrupción, irradia. Donde hay un mediocre seguro que va a haber más pues ya antes de lograr su punto de máxima ineptitud (el principio de Peter en las jerarquías laborales) va a haber hecho escalar y progresar a otros semejantes, va a haber generado una infraestructura de mediocres alrededor. Mas tiene 2 motivos más para su continua expansión.

Afirmaba el moralista francés Nicolas Chamfort que el éxito de una obra se da en ajustar la relación entre la mediocridad del autor y la del público. Adoramos la mediocridad, esa es su primera ventaja. De manera continua elevamos a los altares de la gloria a los mediocres; los transformamos en líderes de opinión, les dejamos reha­cer o bien pulverizar el canon artístico al dictarnos lo que hay que ver, percibir o bien leer, les damos popularidad al mirar de forma continua hacia ellos, les damos la administración y la escritura de lo colectivo quizás pues nos reconocemos en ellos, por el hecho de que ya nos somos capaces de salirnos de nuestra mediocridad y probablemente por el hecho de que pensamos que si un mediocre es fenomenal, tal vez asimismo lo seamos cualquier día. La segunda ventaja que basa la expansión colonizadora del mediocre es que tiene una virtud; cuando el mercado demanda flexibilidad, obediencia y adaptabilidad, un mediocre es alguien sencillamente intercambiable por otro mediocre.

Lo propio de la mediocridad es la desertización, la colonización de su vacío , de su nada reactiva que como el fanatismo (una forma limpia de mediocridad) inmoviliza. “El desierto medra. ¡Uy de aquel que en sí alberga desiertos!”, sentenciaba el Zaratustra de Nietzsche. No fue el único que anunció el reino de la igualación en la mediocridad; a su forma asimismo lo hizo Walter Benjamin con su término de aura, o bien Ornamento con su crítica a la industria cultural. Otro más próximo y alcanzable ha sido Forges.

En su viñeta, 2 tipos están sentados a la mesa del bar. Uno con la mirada perdida y llevándose la mano a la cabeza piensa en voz alta: “Me me temo que vamos cara una sociedad iletrada, insolidaria y también incompetente”. El otro, mirando indiferente al TV, responde: “Gol”.

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