Quitarnos la mascarilla en espacios exteriores nos va a hacer ganar confianza

  • Aspectos sicológicos o bien sociológicos, como no dar la “señal” de que la pandemia se ha acabado;
  • No haber alcanzado la inmunidad de conjunto
  • El previsible incremento de la transmisión en los (más jóvenes) conjuntos sin vacunar, asociado al enorme incremento de los contactos tras la caída de las primordiales medidas restrictivas y otros factores (final de exámenes, movilidad veraniega, fiestas locales, apertura de hostelería y ocio nocturno, perdida del miedo a contagiar a nuestros mayores, etcétera).

Otras creencias se muestran convenientes a la retirada de las mascarillas. Se basan en el bajo peligro de transmisión al aire libre y la elevada proporción de vacunación entre las personas de alto peligro de enfermedad grave (los de más edad).

En muchos sentidos, es una polémica menor, como una buena parte de las que hemos tenido a lo largo de la pandemia. Avancemos que las mascarillas al aire libre, siempre y cuando se pueda sostener la distancia de seguridad, son meridianamente superfluas. Lo son ahora y probablemente siempre y en toda circunstancia lo han sido.

Numerosos países no han aplicado jamás esta limitación en exteriores. Y en los que lo han hecho, el propósito parecía más “psicológico” (acostumbrar al empleo), o bien una “demostración” de liderazgo político (hacer algo, no ser los últimos en hacer algo), que epidemiológico.

Avancemos que en espacios interiores (y cuando no se puede sostener la distancia), las mascarillas son una medida esencial. Indispensable. Si bien paradójicamente nos las quitemos en ese instante. Y si bien en interiores sean una medida deficiente y deban ir acompañadas de ventilación cruzada, restricción de aforos y otras intervenciones.

La transmisión al aire libre es intrascendente

La patentiza libre sobre la escasa capacidad de transmisión del SARS-CoV-dos al aire libre es muy sólida. La veloz disipación de los sprays (su primordial vía de transmisión) en exteriores complica de manera notable el contagio. Por servirnos de un ejemplo, en la República de Irlanda se ha estimado que solo el 0,1 por ciento de los casos de Covid-diecinueve tenían relación con actividades al aire libre.

No es que el contagio en exteriores sea imposible. Existen algunos casos probados. Mas requiere un contacto próximo y prolongado (y se minimizaría sosteniendo la distancia de por lo menos un metro o bien metro y medio o bien utilizando la mascarilla cuando no se pueda sostener esa distancia).

De forma adicional, y es un aspecto muy relevante, al aire libre no van a generarse acontecimientos de “ supercontagio”. En uno de los pocos estudios que han probado la posibilidad de transmisión al aire libre solo uno (de trescientos dieciocho brotes) se generó en exteriores y se limitó a 2 personas.

La vacunación, la inmunidad de conjunto y la gravedad de la enfermedad

“Alcanzar la inmunidad de grupo” es una oración muy gastada, mas tiene escaso sentido cuando se confunde la inmunidad de conjunto con un lintel sobre el como se está seguro y por debajo debamos continuar recluídos. Es sencillamente un factor empleado en epidemiología para querer la proporción de población a vacunar a fin de que la transmisión comience a decaer (a fin de que el índice reproductivo básico esté bajo la unidad).

La estrategia de vacunación seguida en España (y en Europa) de priorizar a las personas con mayor peligro de desarrollar un cuadro de Covid-diecinueve grave (a los mayores) ha disociado los datos de transmisión de los de hospitalizaciones y fallecimientos. Cuando el ochenta y uno por ciento de la población mayor de cuarenta años tiene por lo menos una dosis y el cuarenta y seis por ciento la pauta completa (prácticamente el cien por ciento en los mayores de setenta años), el impacto de la transmisión no se va a parecer a lo que hemos visto hasta el momento.

El previsible incremento de la transmisión

La actual situación en España (todavía variable conforme territorios) se identifica por una reducción general de la transmisión, un notable descenso de las hospitalizaciones y los fallecimientos (aun en los territorios con mayor transmisión), y un creciente impulso de la vacunación.

Los mayores peligros semejan situarse en los brotes en personas jóvenes (menores de cuarenta años), todavía sin vacunar, que en su mayor parte desarrollan cuadros asintomáticos o bien leves (lo que no excluye la presencia de casos graves). La transmisión en estas personas ha de ser mayor que la que somos capaces de advertir en un contexto en mayoría de pacientes asintomáticos (bastante difíciles de rastrear) y leves, muchos de los que procuran evitar el rastreo o bien asistir al médico para eludir los aislamientos.

La movilidad y las actividades sociales de estos jóvenes han crecido, en especial en espacios interiores (hostelería, ocio, peñas, residencias, trabajo presencial). En consecuencia la transmisión, como ya vemos en otros países, inevitablemente medrará en estos conjuntos. Y, desde entonces, las medidas restrictivas que se han empleado hasta el momento no van a tener ningún soporte en esta población, ni –con las presentes cifras de casos graves– en el resto de la población o bien en los tribunales.

Los sacrificios por supervisar la transmisión en este contexto pasan por tres estrategias básicas:

  • Vacunar
  • Detección de casos, rastreo y aislamiento
  • Control de interiores, con un papel esencial para la ventilación cruzada que tan buenos resultados ha dado en los institutos, mas sin desatender aforos, distancias y mascarillas.

¿Y las mascarillas en exteriores?

Por lo general son superfluas. Va a haber que llevarlas encima, claro. Emplearlas al entrar en interiores, en el transporte público o bien cuando no pueda sostenerse la distancia (en aglomeraciones, que en cualquier caso sería mejor eludir, o bien al charlar con alguien extraño a nuestra burbuja). Asimismo, evidentemente, en las personas con síntomas respiratorios o bien sus contactos.

Ciertas de estas situaciones pueden vigilarse. Otras requieren, ya antes que sanciones, información sobre en qué momento utilizar las mascarillas al aire libre, y comportamientos civiles. Las pandemias son un tiempo para comprender que nuestra salud está en nuestras manos, mas no solo en nuestras manos. Asimismo dependemos unos de otros. Y asimismo de nuestras estrategias de salud pública.

El compromiso de la población con las intervenciones de salud pública no semeja depender tanto de la normalización de hábitos impuestos como de la confianza en las resoluciones que se toman y de la propia forma en que se toman estas resoluciones (información, transparencia).

Una ordenanza arbitraria afecta a la confianza de las personas en las administraciones sanitarias y daña al conjunto de estrategias de salud pública.

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