¿Por qué razón proseguimos hablando de ‘Skyrim’?

Inmersión total

En los juegos de rol, los jugadores aceptan el papel de un personaje. Pueden seleccionar su raza, clase, apariencia y habilidades a fin de que su función en la partida se adapte lo máximo posible a su estilo. Skyrim, como buen RPG que es, deja diseñar a nuestro personaje de principio a fin y no charlamos solamente del físico.

Mediante un complejo árbol de habilidades, el jugador tiene la ocasión de seleccionar de qué forma desea jugar el juego. Unos van a preferir agredir desde la distancia con un arco o bien dominar la magia, al tiempo que otros se lanzarán al combate asiendo armas de una o bien 2 manos. En Skyrim no hay clases, sino es el propio jugador el que escoge de qué manera desea que sea su personaje y qué campos prefiere dominar. Esta libertad supera las habilidades de combate y hacen del título una experiencia inmersiva como pocas: se puede aprender herrería, alquimia, minería, habilidades de ladrón, persuasión, casarse, adquirir casas… Además de esto, hay ciertos instantes en los que deberemos tomar resoluciones que afectarán al planeta que nos circunda. La vida en Skyrim está para vivirla.

Y esta experiencia trescientos sesenta grados se completa con algo que no puede faltar en cualquier juego de planeta abierto que se precie. La zona de Skyrim está formada por humildes aldeas y grandes urbes, bosques verdes, zonas montañosas, helados terrenos neviscados, grutas y mazmorras que dan para mucho si de veras desean exprimirse plenamente; aportando todas y cada una algo diferente y enriqueciendo el paso del jugador por estos lugares. Y aunque suponen una extensión de tierra más que notable que recorrer (primero a pie o bien a caballo y después con viajes veloces), el deambular por ellas es otro gran atrayente debido al cuidadísimo detalle con que Bethesda diseñó su planeta, valiendo la pena tomarse un reposo de cuando en cuando para querer el paisaje, charlar con la gente o bien descubrir la historia de estas tierras.

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