Mitos y leyendas del fuego que sale de la Tierra

Cuestiones de esta forma o bien afines han asaltado la psique de los hombres frente a una erupción volcánica, aparte –claro está– de la fascinación en frente de la incontrovertible belleza y magia de esos fuegos de artificio que semejan saltar desde el mismísimo averno. Y sin las premisas científicas, ¿qué les parecería a los habitantes de tantos siglos precedentes? Al pánico, y seguro que asimismo al sorprendo, se uniría el pozo infinito de lo incomprensible, como en tantos temas del cosmos. Y como en todos , solo dioses, diablos y fábulas recónditas serían el consuelo del porqué, la justificación del sufrimiento.

Y la cuestión es que, desde las primeras civilizaciones agrícolas, el hombre no ha dejado de asentarse en los aledaños de los volcanes en pos de la fecundidad de esas tierras. Aquellas montañas de intimidante silueta solo podían ser dioses. Solo las deidades se dejan dar, eliminar, producir y destruir vida a su antojo o bien al albur de la conducta humana. Divinizadas y temidas, forman inspiradora fórmula en el devenir histórico y social de los hombres.

En aterrorizado ensalzamiento endiosaban a estas montañas de fuego y asimismo les aplicaban el rol de “puertas del infierno”. Esto es lo que creyeron nuestros primordiales antepasados culturales en Occidente: para helenos y romanos eran las candentes entradas del reino subterráneo de Vulcano (Hefesto para los helenos), dios del fuego y patrón de los oficios de la cuaja, hacedor y destructor, del que había que aguantar que en su incesante y también laborioso oficio, de cuando en cuando provocase tanto estruendos y tanta desolación, y hasta se tragase urbes como Pompeya y Herculano.

Platón se refirió al mito de la Atlántida, que habría desaparecido al saltar por los aires la mayoría de la isla de Santorini a raíz de una exorbitante explosión volcánica. Por su lado, el romano Virgilio entonó el mito heleno de los Gigantes, que sucedieron a los Colosos, para mencionar a uno de ellos, Encelado, quien por su desobediencia fue encerrado en el Etna por la diosa Atenea. Y desde ese momento, sus enormes quejidos han sido el origen de los estruendos y estallidos del volcán siciliano. Si bien hay otro relato mitológico que atribuye este enfado geológico a Tifón, un dios terrorífico de cien cabezas derrotado por Zeus y que da nombre al del mismo modo temido fenómeno meteorológico.

El cristianismo, y su único Dios autor de todas y cada una de las cosas, debió ceder asimismo frente a la magnitud de los acontencimientos volcánicos y no pudo eludir que la gente creyera –y prosiga creyendo– que los cráteres son las puertas de averno y sus erupciones obra de Satanás. Y claro, no faltan los milagros. Se cuenta que en Catania (Sicilia), allí por el año doscientos cincuenta y tres, una procesión con la escultura de Santa Águeda, como suplico frente al Etna rugiente, salvó a sus píos participantes pues el río de lava se dividió en 2. Aunque, otra procesión con exactamente el mismo motivo en mil seiscientos sesenta no evitó la destrucción de prácticamente toda la urbe. Aún el día de hoy se prosiguen realizando estas procesiones votivas, sobre todo pidiendo protección a San Genaro a fin de que el Vesubio, que tanto embellece la bahía de Nápoles, no sea de nuevo el destructor campo de batalla entre Hércules y los Gigantes, como creyeron helenos y romanos.

Más sueltos de graves tradiciones y perdidos en sus tierras nórdicas, los vikingos idearon fabulosas historias sobre los abundantes volcanes de Islandia. Una de ellas, versa sobre el Katla, escondo por un glaciar, el que se cuenta que fue la venganza de una hechicera a quien le birlaron sus pantalones mágicos, que le daban una insólita velocidad para correr. Aunque, estos hombres del norte del mismo modo creían en la entrada del averno, que situaban en el volcán Hekla, al que absolutamente nadie se atrevió a ascender hasta mil setecientos cincuenta.

La forma de adorar a estos todopoderosos seres de las profundidades ha sido y prosigue siendo considerablemente más ancestral en África. De esta manera, el volcán Ol Doinyo Lengai, nombre que significa “montaña de Dios”, es venerado en el nordoeste de Tanzania por los masáis como donador de recursos. Tras una erupción en mil novecientos diecisiete, la tribu agradeció su esplendidez mandando a las faldas del volcán a las madres jóvenes. Allá estas mujeres extrajeron la leche de sus pechos, dejándola caer al suelo a fin de que fuera absorbida por la tierra. En cambio, al muy, muy peligroso Nyiragongo, próximo a la urbe de Goma en la República Democrática del Congo, absolutamente nadie osa acercarse por su prácticamente incesante actividad y la celeridad de sus ríos de lava. Conforme una historia legendaria de los bantúes, en su cráter vive el desalmado espíritu Nyiragongo, puesto que allá le encerró Ryang’ombe, otro espíritu todavía más fuerte y desalmado.

Rebosantes y también imaginativos son los mitos en torno a los cientos y cientos de volcanes de las miles y miles de islas de Indonesia. El temido volcán Agung, en la isla de Bali, es considerado en el hinduismo uno de los ombligos del planeta, por formar parte de lo que fuera el magnífico monte Meru, olimpo de los dioses de esta religión, cuyo centro afirman los tibetanos que se sitúa en su monte Kailás. Aún hoy día, cientos y cientos de peregrinos asisten al monte Agung, puesto que lo consideran el hogar de Mahadeva, simbólica representación del gran dios Shiva. Otros volcanes de Indonesia fueron escenario de ritos que en ocasiones incluían sacrificios humanos. Y, por otro lado, sigue celebrándose el festival de Kesodo, que en la isla de Java reúne a la minoría hindú al filo del cráter del volcán Bromo, donde lanzan ofrendas en honor a Brahma, el autor del cosmos.

¿Y qué decir del atractivo monte Fuji de el país nipón? Innumerables son las opiniones en torno a este hermoso volcán, símbolo de pureza y eternidad, tutelado por la diosa del mismo nombre. Los presuntos y ofuscados celos de dicha deidad fueron la causa de que hasta mil novecientos veinticinco el acceso a esta montaña estuviera vetado a las mujeres. El día de hoy sí que suben hasta esa cima perfecta al lado de los hombres, y para prácticamente todos supone una ferviente experiencia mística. Lejos asimismo quedó la costumbre de lanzar mujeres vírgenes como ofrenda al colérico cráter de otro volcán japonés, el Unzen, ubicado en una isla próxima a Nagasaki.

En Filipinas, el catolicismo asimismo ha empleado los muchos volcanes como refuerzo de su predicamento. En mil novecientos cincuenta y uno, los ancianos de las aldeas próximas al volcán Hibok-hibok, en la isla de Camiguín, aseguraron que la erupción, que aquel año mató a cientos y cientos de personas y a miles y miles de animales de granja, era una indicación de que “Dios se había enfadado con los jóvenes camigueños puesto que se relajaron en su asistencia a la iglesia y dejaron de hacer la señal de la cruz”. Los aeta, un pueblo indígena que vive en Luzón, asimismo en las Filipinas, consideraron la erupción del Pinatubo en mil novecientos noventa y uno como una rebelión de la naturaleza contra la concesión del permiso del gobierno para la perforación geotérmica y para los aeroplanos de la próxima base aérea de Clark, entonces la más grande de EE. UU.

Semejantes reacciones dejan claro que ciertamente la deificación de “las montañas de fuego” prosigue actual en el acerbo popular. De esta manera ocurre entre la gente mayor en la muy volcánica península de Kamchatka, en el extremo oriental de Siberia, donde atribuyen las explotes continuadas al instante en que los enormes perros que arrastran el trineo del exorbitante dios Tuli, se detienen para rascarse.

Por su lado, los habitantes de la costa oeste de las Américas, en pleno Cinturón de Fuego del Pacífico, no dejan de invocar legendarios ruegos mezclados con oraciones católicas. Los incas atenuaban su temor al volcán Misti, ubicado cerca de la urbe peruana de Arequipa, mediante una historia legendaria que relataba como el dios Sol había taponado su cráter con una enorme masa de hielo. El cuento no funcionó, puesto que las erupciones prosiguieron y entonces invocaron su calma con sacrificios humanos. Tampoco de esta manera mitigaron la furia de este dios de fuego, que el día de hoy prosigue enseñoreando su amenaza con incesantes fumarolas.

Los nativos norteamericanos de Oregón estaban seguros de que el volcán Mazama era el cobijo del dios maligno del fuego, y que el volcán Shasta guardaba al dios de la nieve. Los dos pelearon y el dios del fuego fue derrotado y degollado, con lo que se desmoronó una gran parte de la cima del Mazama, el agua se amontonó y se creó el magnífico rincón que el día de hoy se llama Lago del Cráter.

Se piensa que los sacrificios humanos en las ‘cimas ardientes’ para mitigar la furia de sus dioses moradores fueron bastante frecuentes en el Nuevo Planeta. De este modo, en el Masaya, que no deja de expulsar nubes de azufre cerca de Managua, en Nicaragua, hubo un tiempo en que se lanzaron vírgenes en su cráter. Este terrible destino asimismo lo sufrieron los muchos pequeños que fueron lanzados al cráter submarino del lago Ilopango, en El Salvador.

Numerosas son las leyendas y opiniones en México. La más popular se refiere a la preciosa hija del cacique de Tlaxcala llamada Iztaccíhuatl, enamorada del guerrero Popocatépetl, que tendría que vencer a los aztecas para lograr su mano. Un bulo hizo pensar a la preciosa mujer que a su amado lo habían matado en batalla y murió de pena. Cuando el guerrero retornó, hizo edificar una enorme montaña en cuya cima tendió el cuerpo de Iztaccíhuatl y se quedo allá para velarla hasta el momento en que asimismo murió. En homenaje a este amor tan grande, los dioses los transformaron en 2 magníficos volcanes. En nuestros días los dos prosiguen activos.

Esta tendencia a dotar de género y sentimientos a los dioses volcánicos estuvo del mismo modo extendida en América. En ciertos casos, asimismo podían desplazarse a su antojo en busca del amor. Eso es lo que hicieron las montañas de fuego del altiplano andino, todos como locos pues solo había un volcán femenino, Tunupa, en la presente Bolivia. Y se defendía del acoso, mas no pudo eludir quedar encinta. Y, para colmo, todos y cada uno de los viriles volcanes demandaban la paternidad, con tal esmero que le birlaron el bebé a la pobre Tunupa. Tanto fue lo que esta lloró que formó el sazonar de Uyuni, el mayor y más alto del planeta. Total, que los dioses, enfadadísimos, privaron por siempre a los volcanes de la capacidad de moverse.

Lo que no falta en prácticamente ninguna historia de leyenda es la agresividad entre los propios volcanes. La mitología del pueblo mapuche, originario de la Araucanía (Argentina y Chile), establece que en todos y cada volcán habita un espíritu de gran poder, los llamados pillán, protegidos por espíritus superiores llamados ngen, que son los dueños de los volcanes. Y asimismo se habla de luchas a muerte entre poderosos cráteres. De esta manera, el Rucapillán degolló al Quetrupillán, que quedó inactivo por siempre en su localización al sur de Chile, al tiempo que el Rucapillán, el día de hoy conocido como Villarrica y ubicado en exactamente la misma zona, es uno de los volcanes más activos y bellos de Sudamérica.

Otro componente que se repite en las fabulosas historias volcánicas americanas es la defensa de la naturaleza contra los conquistadores. La sola presencia de los españoles provocaba las más explosivas erupciones de volcanes como el Momotombo, en Nicaragua, o bien el Huaynaputina, en Perú. Lo mismo pensó alguna tribu de Norteamérica frente a los conquistadores ingleses, mas de lo que muchos de estos indios estaban persuadidos es de que los humeantes cráteres, habitados por espíritus malignos, serían un día los hacedores del fin del planeta. Alguna de sus erupciones no terminaría jamás, y entonces el planeta y la vida quedarían enterrados por siempre.

Alrededor y en el Cinturón de Fuego del Pacífico, la excepcional actividad ha tenido y tiene sus deidades. Bastante frecuentemente se transmiten las imágenes de los copiosos ríos de lava que lanza el volcán Kilauea de Hawái. Estos fogosos y lumínicos torrentes no son otra cosa que el fruto del enorme enfado de la diosa Pelé, señora del fuego que fue expulsada de Tahití por su hermana Namakaokahai, diosa de los mares, quien se enojó con ella por cautivar a su marido.

¿Tan fogoso es el amor que su fuego se ha reflejado en tantas fábulas volcánicas? Puesto que algo de este modo debe ser, en tanto que los reñidos idilios aparecen acá y allí. Y como es lógico entre los vehementes maoríes. Entre sus mitos nos hallamos de nuevo con 2 volcanes masculinos, Tongariro y Ruapehu, que se enamoran absolutamente de la volcana Taranaki. Riña al canto y erupciones que van y vienen. Y ahí siguen: los 2 machos bien activos en la isla norte de N. Zelanda, y bien dormida y retirada en la isla sur.

Más dioses y espíritus. Y es que la presencia, poder y dominio de las montañas de fuego crea un abismo insuperable. Asimismo Yahvé, el dios de los hebreos, aparece en la Sagrada Escritura en forma de volcán. Por su lado, los incas temían en especial a Pachacámac, el dios autor de la Tierra que lanzaba chispas. Deidades anteriormente y en el presente. No hace tantos años, en mil novecientos sesenta y tres, nació la isla islandesa de Surtsey, que recibió su nombre de Surtur, espíritu gigante del fuego.

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