La catástrofe, el temor y la dignidad

Respetar es regresar a mirar, echar la vista atrás de forma que a través del comprensión podamos establecer la medida de aquello que se nos ha lanzado delante (el inconveniente) y que demanda ser afrontado. Cuando la catástrofe se genera hay que tener temor con exactamente la misma emergencia con la que hay que convertirlo en respeto. De lo contrario vamos a caer en el pavor de una analítica apocalíptica, milenarista, en un catastrofismo que es la manifestación de que la lógica de lo peor se ha impuesto y nuestra capacidad de análisis se desgasta. Y esto tiene un inconveniente; la resistencia a aceptar lo que pasa. Las defensas colectivas, afines a los mecanismos protectores del ya clasificados por el psicoanálisis freudiano, si bien son eficaces en su misión protectora tienen algo de infantiles pues no están diseñadas para buscar la verdad sino más bien para defenderse. Desde la negación –nada sucede (o bien no sucede lo evidente) y por ende de nada hay que defenderse (o bien no hay que defenderse de lo evidente)– a la proyección: la imposibilidad de aceptar que hay fuerzas ciegas fuera de nuestro control o bien que nuestras posibilidades reales de intervención son escasas o bien mal dirigidas se proyecta en una falsa causa de la desgracia que debe ser única, indudable y externa. Es la condensación de signos mediante una racionalidad instrumental o bien mágica en el complot, la conspiración, la conjura de un contrincante pintoresco y mítico mas casi insuperable. A esas defensas, no lo olvidemos, solo las mueve una cosa: el temor.

Mas asimismo en las catástrofes surge una particu lar forma de resistencia a perder la propiedad de lo que somos: la dignidad, el reconocimiento de lo que nos resulta propio. Tan particular y poderosa, si bien en ocasiones muy reservada, que puede sobreponerse al temor que nos desmantela y llevarlo al respeto que nos vuelve a articular. Es una actitud de enfrentamiento, no de evasión y es una bravura moral que sabe que mi dignidad es saber conservar la tuya (las UCI, por poner un ejemplo, son templos de dignidad). Es un insuflar ánimo, regresar a meter el ánima en el cuerpo, la propiedad humana en el comprensión y es retirar el temor sin negar el inconveniente por la parte de alguien que sabe que un día caerá fallecido si bien no tenga dónde hacerlo. La dignidad es algo muy concreto: la forma humana de encarar la catástrofe, sin imbecilidades ni trucos de trileros ni recurrir a los elfos.

La dignidad permite meditar y crear las bases para convertir el giro que abate de la catástrofe en la integración de la aristotélica peripecia. Si en la Divina comedia fue la mano de Virgilio la que sostuvo la de Dante en la ascensión desde el averno, la dignidad va a ser la única que pueda guiar ahora las nuestras.

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