¿hemos olvidado la capacidad de gozar?

El ejemplo de la adicción al trabajo en el país nipón es solo un síntoma más de un fenómeno preocupante: la pérdida progresiva de hedonismo. Desde los trabajos de la antropóloga estadounidense Ruth Benedict en la primera mitad del siglo veinte, muchos especialistas han dividido las sociedades del planeta conforme su tendencia a fortalecer la responsabilidad o bien la despreocupación. Había etnias que promovían que sus miembros actuasen siempre y en toda circunstancia en función de objetivos. Y había otras que favorecían a quienes vivían para el placer y el entretenimiento. A las primeras se las llamaba “apolíneas”, y a las segundas, “dionisíacas”. Poquito a poco, este segundo entorno cultural desaparece. Aun el sur de Europa, de forma tradicional dionisíaco, adquiere un carácter más bien apolíneo.

Aun nuestro tiempo de ocio persigue objetivos

Se promueven, poco a poco más, la competitividad, el perfeccionismo, la medición del éxito vital en función de los logros y el prestigio social. Aun las actividades de expansión sirven, asimismo, para lograr metas. Vamos al gimnasio para cincelar el cuerpo, comemos para nutrirnos con corrección y sin excesos, aprendemos técnicas sexuales para progresar nuestra vida erótico-cariñosa, salimos para alternar con posibles clientes… Nuestra cultura no promueve que hagamos actividades pues sí, sin otro fin que el de pasárnoslo bien.

Tendemos a meditar que gozar resulta muy simple. Mas la verdad es que el “hedonismo inteligente” –experimentar un placer progresivo y profundo en distintas actividades que no tengan objetivos concretos– requiere preparar la psique para esto. Si no le dedicamos tiempo a cultivar la mente hedonista, vamos a perder la capacidad de disfrutar que nos define como personas. El placer es uno de esos fenómenos humanos que no semeja esencial pues siempre y en toda circunstancia ha estado ahí. Mas, si lo perdemos, lo vamos a echar de menos. Y de nada servirán los edictos de los gobiernos para obligarnos a gozar.

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