‘God of War’, deicidio nuestro de día tras día

El dios que brotó del frío

Era el E3 dos mil dieciseis. Algo en el entorno parecía vocear a los miles y miles de asistentes a la conferencia de Sony que todo estaba a puntito de mudar. De repente, con una escenificación pasmante, una orquesta comienza a tocar música en riguroso directo mientras que un coro les acompaña con cantos en islandés viejo. En la pantalla aparece un pequeño vestido con pieles y jugando con muñecos de madera que es llamado por una voz ronca y profunda, más próxima a un rugido que a la voz de un hombre. Cuando se descubre la figura musculosa y cenicienta de Kratos, el público revienta en un lamento unánime.

De este modo fue como el planeta conocía la nueva entrega de God of War, la que llegaba 8 años tras el último juego. No solo presentaba unos gráficos de nueva generación propios de las nuevas generaciones de consolas, sino dejaba claro que las cosas habían alterado con respecto a todo cuanto conocíamos de la saga.

Tras terminar con un panteón de dioses y destruir la tierra, nuestro Nietszche particular se halla en el helado norte de la mitología vikinga con un hacha arrojadiza mágica, una compacta barba y Atreyus, su hijo. Procurando dejar su pasado atrás, quien antaño fue el espectro de Esparta se ha recluido a una vida de aislamiento en su cabaña del bosque, mas todo cambiará cuando deba cumplir el último deSeo de su fallecida esposa y padre y también hijo se embarquen en un épico viaje mediante los 9 Reinos. Por si no fuera suficiente, los dioses de Asgard han descubierto la identidad del Dios de la Guerra…

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