‘Estimado familiar fallecido…’

Por mentar un caso, quizá el más interesante sea el de las cartas de Heqanakht (en las imágenes de arriba). Estos papiros brindan una valiosa y también interesante –por escasa– información sobre la vida común de los miembros de la que podríamos acotar como clase media en el periodo pertinente al reinado de Senuseret I, en el Reino Medio. Heqanakht era un sacerdote que oficiaba al servicio funerario de un personaje llamado Ipi. Debido a sus responsabilidades laborales en la necrópolis, Heqanakht se vio obligado a continuar en el área tebana un largo periodo de tiempo a lo largo del como escribió una serie de cartas sobre su día tras día y sus inconvenientes más rutinarios a fin de que su familia, establecida en el área del Fayum, tuviese conocimiento de ellos. No obstante, ciertas de estas cartas jamás llegaron a sus receptores, sino se perdieron por siempre entre la basura: los papiros fueron encontrados accidentariamente entre los restos usados dentro de el sepulcro de Ipi, su señor, para formar una rampa por la que empujar un pesado sarcófago hasta la cámara sepulcral. Lo que en su día no tuvo ningún valor, el día de hoy es gran fuente de conocimiento.

No obstante, en frente de estas cartas escritas para ser mandadas a amigos y familiares vivos, de las que apenas se preservan ejemplos, aparece en el Viejo Egipto otro género epistolar considerablemente más fecundo y que nos ha brindado considerablemente más ejemplos: las cartas escritas a los fallecidos. Entre los muchos y enigmáticos rituales y exóticos procederes de los viejos egipcios, la práctica de redactar misivas a los finados, eminentemente familiares fallecidos, puede ser una de las más complejas de entender para nosotros, y de las más siniestras. No ya por el mero hecho de pretender sostener una correspondencia con quien ya ha pasado a mejor vida, sino más bien por su perturbador contenido.

Redactadas con un claro formato epistolar, estas misivas extrañamente acostumbraban a redactarse en papiros, sino acostumbraban a aparecer sobre objetos votivos que eran ofrendados más tarde al finado en su tumba, como pedazos de lino o bien recipientes cerámicos. La ofrenda contenida en el continente anotado era el particular emisario del mensaje que se pretendía hacer llegar al fallecido. En lo que se refiere al texto, jamás va referido de ninguna manera a un interés por el conocimiento del más allí, ni se averigua al fallecido información alguna sobre lo que deberá sobrevenir al sueño eterno. Eso era algo que el egipcio tenía más que claro y aprendido, y parece que no le preocupaba. Al contrario, las cartas mandadas a los fallecidos acostumbraban a hacer referencia a inconvenientes de toda clase que acuciaban al vivo y a su familia, ya fuera con la esperanza de que el ánima del finado pudiese asistirlos o bien con la pretensión de inculpar al fallecido de manera directa de los inconvenientes, por acto o bien omisión. A veces, se llega ba a amonestar al familiar fallecido por no interceder en favor del familiar vivo.

Uno de los ejemplos más significativos de lo que contamos lo hallamos en la carta localizada en un cuenco que un tal Dedi dedica a un sacerdote llamado Intef, hijo de Iunajt, preservado hoy día en El Cairo: “En cuanto a la sirvienta Imiu, que está enferma, ¿verdad que no estás combatiendo por ella día y noche, contra quienquiera que sea, hombre o bien mujer, que está actuando contra ella? ¿Por qué razón quieres que tu puerta esté tan desolada? Lucha el día de hoy por ella con renovado vigor, de forma que pueda sostenerse tu hogar, y se verterá agua en tu honor. Si no haces nada, tu hogar va a ser arrasado. ¿Quizás posiblemente no estés al tanto de que la sirvienta Imiu es quien, entre toda la gente, sostiene el funcionamiento de tu hogar? Lucha por ella, vigílala. Sálvala de quienquiera que sea, hombre o bien mujer, que esté actuando contra ella. De esta manera, tu hogar y tus hijos se sustentarán”.

Como puede apreciarse en el escrito, para los egipcios los espíritus de los fallecidos –pues se refiere a personas ya fallecidas cuando afirma “quienquiera que sea, hombre o bien mujer”– son los responsables de aquellos elementos que escapan a la entendimiento o bien el control de los mortales, así sean enfermedades o bien otros inconvenientes rutinarios. Viven, y mueren para vivir nuevamente, en una realidad infestada de fuerzas invisibles y también influencias mágicas que proceden de seres que están sobre esta realidad corporal, así sean espíritus de ancestros, genios o bien los mismísimos dioses.

La interacción de los vivos en el sepulcro de sus finados, mediante las ofrendas destinadas a la comodidad y supervivencia del fallecido en ese otro plano de la existencia, cobra un significado más complejo, puesto que no responde solamente a un deSeo de sostener vivo un recuerdo y un cariño por el fallecido, algo que funcionaría de forma unidireccional, sino la actuación es recíproca para el beneficio de las dos partes: los finados conseguían sustento y provisiones para su vida final, y las recibían de forma eterna si los familiares les dotaban de una buena cámara funeraria infestada de relieves que reflejasen de forma perpetua todas y cada una de las ofrendas.

Lucha contra los espíritus malignos

Mas ¿de qué manera podía asistir el espíritu de un fallecido a la resolución de los inconvenientes rutinarios de sus familiares vivos? La contestación es fácil, desde la perspectiva del pensamiento egipcio, cada vez que para ellos los autores de dichas desgracias eran otras fuerzas espirituales malignas. Lo que deben hacer aquellos que se han encontrado frente a frente con los dioses y habitan ahora en una realidad más próxima a la divinidad es interceder dados estos dioses a fin de que castiguen al ánima maligna de quien aqueja a los vivos desde su superioridad espiritual.

De esta manera, leemos, por poner un ejemplo, en la carta redactada en otro de estos cuentos, perteneciente a un personaje llamado Hu, la próxima plegaria: “Haz que juzguen a quien sea que me esté angustiando, por el hecho de que se me excusará ante quienquiera que sea, hombre o bien mujer, que esté haciendo esto contra mi hija”.

Las cartas a los fallecidos son, por ende, de los mejores canales para el conocimiento de la relación que tenían los egipcios con sus fallecidos, durante casi toda su historia, y del valor que le daban a la repercusión que los espíritus tenían sobre el día tras día de los vivos.

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