El pudor cuando Eva dejó de verse desnuda

Ella se cubre con su mano derecha el pecho y con la izquierda el pubis. Su semblante, desencajado por el dolor, queda expuesto. Él, no obstante, se cubre el semblante con las dos manos y deja a la vista sus genitales. Ella refleja la vergüenza y la culpa. Masaccio capta la instantánea. El instante preciso en el que Eva y Adán al ser expedidos de la paradisiaca bestialidad muestran, escondiendo, que han aprendido el primer requerimiento de una subjetividad y el primer condicionante de una civilización: el pudor.

Devenimos sujetos humanos cuando aprendemos a disfrazarnos, a velarnos, a escondernos, a fingir, a retirarnos. Cuando sabemos contenernos, trabar la salida, cerrarnos. Cuando sabemos disfrazarnos y cuando aprendemos que asimismo el resto sujetos humanos están velados, insinuados y requieren, piden, un cauteloso esmero de interpretación, de desvelamiento. Devenimos sujetos humanos civilizados cuando comprendemos la sacralidad de lo público; cuando tomamos conciencia de que hay un «afuera» común al que debemos mostrarnos pudorosamente.

El pudor es ese mecanismo que nos señala, aparte de que existe ese «más allá» de mí, en qué momento algo de nosotros pudiese estar suficientemente preparado, elaborado, cocinado, para que se exhiba en lo público, a fin de que sea sometido a reconocimiento, a fin de que no mancille ese territorio débil y sagrado de lo público. Inhibiendo el pudor lo que desmantelamos es el orden regulado de la convivencia, el frágil ritual de la inmersión en lo público, en lo de todos. Sin pudor, ni hay sujeto ni hay civilización. Es por eso que Zeus, viendo lo pesaroso de sostenernos en una identidad y nuestra incapacidad para una armonía en convivencia manda dos virtudes: diké y aidos, la justicia y el pudor. Aídomai, el verbo de donde deriva aidos , implica las acciones de respeto y cuidado. Por eso solo los locos, los narcotizados o los grandes ignorantes que ignoran las demandas que dan trascendencia a lo público se esparcían sin la autorización de una pudorosa conciencia, agrietados, resquebrajados, abiertos en canal, lo íntimo se les escapaba cara el afuera sin posibilidad de contención.

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