El misterio de la princesa egipcia de nombre ignoto

Mas, de entre todas y cada una de las anomalías, la más grande era, no obstante, que los dos carecían de nombre que los identificara, algo infrecuente en el planeta funerario egipcio, que tanta relevancia da al mantenimiento del nombre. La única inscripción que apareció en el conjunto de ataúdes y momias fue una oración funeraria estándar, estampada en yeso sobre la tapa del ataúd de la mujer. La columna de texto medía más de un metro de alto, mas el texto dorado estaba fragmentado en los dos tercios inferiores de su extensión: «Una ofrenda que el rey da a Osiris, señor de Djedu, una ofrenda de pan y cerveza, aves y bueyes, para el espíritu de…»

Lo que debería poder leerse ahora era la declaración de los títulos de la mujer y su nombre, mas para cuando Petrie pudo extraer el ataúd ya se había perdido toda esa área del yeso.

No obstante, múltiples pistas señalaban que la mujer ocupaba un puesto en la cima de la sociedad. Seguramente era miembro de la familia real en algún instante de la dinastía XVII. El primer indicador se hallaba en la localización del enterramiento, en un área que, a lo largo de tiempo, había sido parcialmente limitado a miembros de la familia real. Eran tumbas pequeñas y modestas. Egipto se encontraba absolutamente dividido, con el Delta controlado absolutamente por los hyksos, un pueblo extranjero de origen asiático, y el sur estaba dominado por familias reales kushitas, de origen nubio. Esto hacía que los reyes tebanos tuviesen dificultades para acceder a esenciales sendas comerciales, tanto por el Mediterráneo como en el África subsahariana, donde se encontraban las mejores minas de oro.

El enterramiento de nuestra mujer ignota se brincaba todas y cada una de las lógicas del periodo, y mostraba un inusual conjunto de piezas funerarias indignas de los otros enterramientos reales. El primer elemento extraño eran las joyas que lucía la dama. Pendientes, pulseras y collares de oro y una faja de electrum, una aleación de oro y plata. La extrañeza estaba en el oro, puesto que contenía una pureza infrecuente en las piezas egipcias, próxima al noventa  por ciento . Esto apuntaba más a piezas de origen nubio, provenientes de las minas kushitas. Además de esto, los collares se hallaban entre los primeros ejemplos encontrados en Egipto de esta tipología. El pequeño asimismo mostraba joyas, en torno a la cintura y de los tobillos. Estaban confeccionadas con cuentas cerámicas y alguna de electrum. Asimismo lucía 3 pulseras de marfil, cuya procedencia debía encontrarse, indudablemente, en los elefantes africanos que solo podían encontrarse en territorios al sur de Egipto.

Aparte de las hermosas joyas y la calidad del oro, otro elemento significativo fueron los recipientes cerámicos. Entre ellos, se hallaban vasijas de una porcelana finísima que tenía su origen asimismo en nubia. Se conoce como tipo kerma. La provisión de porcelana tipo Kerma en un funeral egipcio es completamente excepcional. Señala que uno o los dos tenían conexión con la cultura funeraria nubia.

El propio Petrie ya sugirió que el cráneo de la mujer no era típicamente egipcio, si bien los exámenes más recientes practicados sobre los esqueletos con el fin de determinar su origen étnico no han sido concluyentes, por lo que cabe exactamente la misma posibilidad de que la mujer fuera tanto egipcia como nubia. No obstante, estos últimos análisis sí que han revelado una información importante: la nutrición de la mujer no era propiamente egipcia. Las caries y otros aspectos revelados por isótopos de carbono y ázoe en su esqueleto han desvelado que su dieta se hallaba a medio camino entre la propia de los egipcios y la de los nubios.

Si examinamos, por ende, las pistas dejadas por la princesa de nombre ignoto y el pequeño sepultado junto a ella, solo nos quedan dos opciones: la primera, es que se trate de una mujer egipcia de alto rango con gusto por el alimento nubia, tal vez por consideraciones familiares, que al finar recibió regalos agasajados respetosamente por algún gobernante de Kush, tal vez para un funeral real en Tebas; la segunda opción es que se tratase de una mujer nubia que se había mudado a Egipto cuando era joven. Esto podría apuntar a un matrimonio dinástico acordado, en el que la mujer sería una princesa nubia ofrecida en matrimonio a la familia real tebana, o la descendencia de tal matrimonio. Si la contestación adecuada fuera la segunda, como apuntaba el egiptólogo Bill Manley, deberíamos reconsiderarnos múltiples cuestiones sobre las relaciones diplomáticas a lo largo de la dinastía XVII, que hasta el momento se considera un periodo en el que Tebas y Kush estaban en constante enfrentamiento.

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