El hombre que murió haciendo el amor con un espectro

Entre los siglos XIX y XX, el espiritismo era una creencia en rema, y muchos magos simulaban en sus espectáculos comunicarse con los fallecidos. Ciertos eran francos y advertían al público de que no había espíritus por el medio, de que todo eran trucos. Otros dejaban que la imaginación de la gente volase cara el más allí. En sus inicios en la compañía itinerante de Thomas Hill, Harry Houdini fue uno de los segundos, algo de lo que se arrepintió tras la muerte de su madre, por el dolor que podía haber ocasionado a sus víctimas.

Houdini preparaba sus sesiones de medium a conciencia. Cuando la troupe llegaba a un pueblo, para informarse, estudiaba en la prensa local, ponía la oreja allá donde se cuchicheaba y visitaba el camposanto. Ya sobre el escenario, contaba secretos que, afirmaba, le transmitían los espíritus. Una vez, estuvo en un tris de percibir una tunda de un marido colérico por contar que su esposa estaba encinta, y, otra, los espectadores negros salieron en desbandada de la sala cuando contactó con uno de los suyos que había sido asesinado. No obstante, conforme Milbourne, sus escrúpulos hicieron que Houdini jamás llegase tan lejos como Zanzic.

Un mago rodeado de misterio

Asimismo conocido como Zan-zic, este fue un mago rodeado por el misterio. Ciertos afirman que se llamaba Harry Robenstein, que nació en Nueva Orleans y que su padre era hebreo y su madre una adivina criolla, de sangre francesa y de España. Fuesen cuales fuesen su identidad y orígenes reales, sus colegas le tenían en alta estima. En Mahatma, la gaceta oficial de la Sociedad Estadounidense de Magos (SAM), lo presentaban en mil novecientos tres como “uno de esos magos inventivos que sostienen la olla hirviendo con algo nuevo”.

Diez años ya antes, Zanzic invirtió cinco mil dólares estadounidenses en manipular un piso en el centro de la ciudad de Chicago, aseguran William Kalush y Larry Sloman en The Secret Life of Houdini (La vida segrega de Houdini, dos mil siete). Con la ayuda de Billy Robinson, un mago especialista en la construcción de todo género de artefactos, lo llenó de puertas segregas, escondrijos y falsos paneles para transformarlo en escenario de prodigios espiritistas. Zanzic, Jack Curry –su agente– y Robinson pensaban hacerse de oro con los ingenuos que iban a visitar Chicago con ocasión de la Exposición Mundial Colombina de mil ochocientos noventa y tres. Uno de ellos fue un acaudalado anciano alemán que Kalush y Sloman identifican como “el señor Schiller”.

El hombre asistió por vez primera a Zanzic para poder ver si podía asistirle con su pérdida de visión. El ilusionista le vendió como antídoto un frasco con barro y, días después, el viejo retornó encantado: veía mucho mejor. Zanzic le explicó que todo había sido cosa de los espíritus, ante lo que el anciano le preguntó si podía invocar a su fallecida esposa. Tras ver una fotografía de la mujer, el mago le afirmó que sí y procuró a una ramera que pudiese dar el pego al cliente del servicio. Cuando en la próxima sesión invocó al espíritu y la mujer apareció correctamente disfrazada, el anciano brincó de la silla, se abalanzó sobre ella y la comenzó a besar, hasta el momento en que el espiritista los apartó y el espectro se difuminó. El fugaz encuentro alentó al viejo, que solicitó a Zanzic acostarse de nuevo con su amada. El mago le concedió el deSeo.

Una semana después, la pareja de amantes se rencontró en una habitación del piso habilitada como alcoba. Zanzic los dejó en solitario y, minutos después, la ramera salió de la estancia pegando gritos: el apasionado anciano había sufrido un ataque al corazón y se había desplomado en el lecho. El mago y sus cómplices sacaron el cuerpo del edificio a ocultas y también procuraron dejarlo en la calle tal y como si hubiese fallecido allá. Mas un sirviente del hombre, que lo aguardaba para llevarlo a casa, lo vio todo y los denunció frente a la policía.

¿Ocurrió algo de esta forma en la ciudad de Chicago en mil ochocientos noventa y tres? Creo que hay motivos para dudarlo. Todos y cada uno de los datos que facilitan Milbourne, Kalush y Sloman en sus libros proceden de un artículo, titulado “Zanzic, ¡charlatán supremo!”, que se publicó sin firma en ­M-O bien-Men mil novecientos veintitres. Esto es, ¡treinta años tras los hechos! M-O bien-Pura entonces la gaceta de la SAM, sociedad encabezada por Houdini, a quien se considera el creador de ese texto. Afirma que la historia se la había contado “el conocido mago” Ziska y que Zanzic y sus compinches eludieron la prisión “de alguna forma, y la cosa se silenció”. Houdini ignora la identidad real del misterioso mago –“creo que era Brenner”, escribe– y tampoco da ningún nombre para la víctima (¿de dónde sacan Kalush y Sloman lo de “el señor Schiller”?). Adam Selzer, autor de Mysterious Chicago. History at its coolest(Chicago enigmático. La historia más genial, dos mil dieciseis), ha comprobado, además de esto, que en la prensa local no hay referencia alguna a los hechos ni tampoco al costoso piso de los milagros, cuando su creación y funcionamiento no habrían pasado inadvertidos ni para los cronistas ni para los espiritistas.

¿Es una historia atrayente? Indudablemente. Tiene sexo, dinero, zorrillos, fantasmas… Ahora bien, igual es demasiado buena para que nos la creamos si tomamos en cuenta que solo hay una fuente indirecta, la ausencia de detalles clave –¿de qué manera se llamaba el infortunado cliente del servicio?– y que en su instante absolutamente nadie pareció enterarse de nada en la ciudad de Chicago. Con lo que, como Selzer, me inclino por ser incrédulo, por ponerla en cuarentena, mas deseaba compartirla pues es una historia abierta y quién sabe si cualquier día nos da una sorpresa.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *