COVID-diecinueve en España: prudente optimismo

El SARS-CoV-dos, el verano y los hábitos de comportamiento

Otro factor que condiciona la transmisibilidad de los virus es su estabilidad en el entorno, cuando están fuera de la célula.

Las condiciones ambientales propias del verano (altas temperaturas, mayor intensidad de radiación ultravioleta, humedad absoluta más alta) son bastante perjudiciales para los virus. En especial para los que están rodeados por una envuelta lipídica como el SARS-CoV-dos. A esto se aúna que en verano asimismo pasamos menos tiempo en entornos cerrados, que favorecen los contagios al permitir mayor proximidad entre las personas en un ambiente en el que los virus pueden sostenerse más tiempo que al aire libre.

No es casualidad que haya virus estacionales que ocasionan brotes en invierno y parezcan difuminarse en verano. Que estemos a las puertas de la estación estival podría estar contribuyendo al menor índice de contagios del SARS-CoV-dos en este país. Si, además de esto, todos llevamos mascarilla y sostenemos cierta distancia social, vamos a tener mucho ganado.

¿Puede mudar el virus de manera que se haga menos infeccioso?

Los virus están siempre y en toda circunstancia mutando, y en mayor medida si su material genético está formado por ARN, como sucede en el caso del SARS-CoV-dos. Como consecuencia, las poblaciones virales son distribuciones enormes de mutantes sobre los que actúa la selección natural, favoreciendo a aquéllos que aporten alguna ventaja. Y una ventaja evidente para un virus es la de poder extenderse mejor entre sus hospedadores.

De ahí que, no es esperable que el SARS-CoV-dos se haga menos infeccioso. Lo que sí podemos aguardar es que se haga menos beligerante, en tanto que la alta transmisibilidad acostumbra a ir asociada a síntomas más leves, de forma que el virus pueda multiplicarse a lo largo de más tiempo en exactamente el mismo hospedador.

No obstante, hasta la data, no hay ningún estudio que pruebe una asociación clara entre cambios genéticos y la minoración de la agresividad del SARS-CoV-dos). Se ha reportado que, en promedio, los enfermos actuales presentan menos carga viral que al comienzo de la pandemia. Mas podría deberse a otras razones, como la detección más temprana y el desahogo de los sistemas de salud que ahora pueden atender mejor a los enfermos.

El ejemplo de la gripe

Si tomamos como un ejemplo otro virus respiratorio, el virus de la gripe, que ha ocasionado múltiples pandemias que siempre y en todo momento hemos superado, podemos aventurar lo que podemos aguardar del SARS-CoV-dos. Eso sí, sin certidumbres.

El virus de la gripe, en el hemisferio norte, prácticamente deja de circular en verano y, además de esto, una gran parte de la población presenta cierta inmunidad debida a infecciones pasadas. No obstante, el virus reaparece cada invierno. Es verdad que su gran variabilidad, que semeja ser mayor que la del SARS-CoV-dos, favorece este hecho. Mas no deja de ser una realidad que debería hacernos meditar que, mientras que no dispongamos de una vacuna o bien un tratamiento efectivo, deberemos seguir hablando de “nueva normalidad”. Por el hecho de que la “antigua normalidad” proseguirá teniendo muchos peligros.

La conclusión es que hemos logrado bajar la curva. Mas esto no ha sucedido ni pues el virus sea menos perjudicial ni pues exista inmunidad colectiva. Ha sido merced a las restricciones en nuestros contactos y a los cambios en nuestras costumbres. Conque sostengamos un prudente optimismo que nos deje reiniciar nuevamente nuestras vidas sin que el otoño nos coja desprevenidos nuevamente.

Ester Lázaro Lázaro. Estudiosa Científica de los Organismos Públicos de Investigación. Experta en evolución de virus, Centro de Astrobiología (INTA-CSIC).

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