Así nos engañan el cerebro, los sentidos y las fake news

Corría el año mil novecientos sesenta y nueve. En Francia el general De Gaulle era derrotado en las elecciones presidenciales. Mientras que, en la urbe de Orléans se extendía la nueva de que desaparecían muchas mujeres jóvenes pues algún género de mafia las estaba secuestrando en un negocio de trata de blancas. Por doquier aparecían personas que conocían o habían oído charlar de alguien que había desaparecido. Las sospechas recayeron sobre determinadas boutiques de tendencia, tapaderas de tan sórdido negocio. Conforme se afirmaba, las drogaban en los probadores y un minisubmarino las sacaba de Francia por el río Sena.

El veinte de mayo aparecieron nuevas informaciones, considerablemente más detalladas. El total de desaparecidas era veintiocho y se descubrió que en las zapaterías se ponían jeringas en los zapatos para drogar a las jóvenes clientas. Aun en las tiendas sospechosas se recibían llamadas telefónicas de un burdel de Tánger. El rumor medró y creció: las tiendas incriminadas por la población eran aquellas que vendían minifaldas y en las acusaciones se podía olfatear un cierto tufillo antisemita.

El treinta de mayo los judíos solicitaron protección a la policía. Cuando esta tomó cartas en el tema descubrió que no había desaparecido ninguna joven. Todo había sido un rumor creído y alimentado por la gente de la urbe. El inconveniente estaba en la existencia del rumor y no en la verdad que contuviese.

En este país tuvimos un caso similar en mil novecientos noventa y ocho, con una supuesta emisión del programa Sorpresa, Sorpresa de Antena tres, en el que aparecían unas duras imágenes sexuales donde entraban en juego una adolescente, un can y una lata de foie-gras o un bote de mermelada, conforme las versiones. Bastantes personas afirmaron haberlo visto, e inclusive tenerlo grabado, pese a que nunca sucedió. Aun hoy, en ciertos foros de discusión de internet hay quien mantiene que se generó aquella emisión.

La moraleja de estas historias -que hoy conocemos como fake news- es que somos capaces de «crear» una realidad que no precisa de un punto de apoyo real para existir.

Lo que pasa es que no somos siendo conscientes de que lo que llamamos realidad es resultado de la comunicación. Conforme el llamado constructivismo radical la realidad que percibimos a nuestro alrededor es, hasta determinado punto, una construcción inventada por nosotros mismos, de forma que jamás vamos a ser capaces de conocerla tal como es. Conforme los constructivistas radicales, la forma más peligrosa de engañarse a sí mismo es opinar que solo hay una realidad. Cada quien tiene su versión de lo que es real hasta el punto de que pueden ser muy opuestas unas de otras. ¿Por qué? Por el hecho de que la mayoría de lo que llamamos realidad es el resultado de la comunicación, y no el reflejo de verdades eternas y objetivas. De ahí la popularidad de las fake news.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.